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masha ivashintsova, la Vivian Maier de Rusia



A veces, las únicas personas que no confían en nuestros pasos somos nosotros mismos, y ésa, posiblemente, sea la peor de las condenas. La fotógrafa rusa Masha Ivashintsova no tuvo una vida fácil: nació en 1942 en el seno de una familia aristocrática cuyos bienes fueron confiscados por las autoridades tras la revolución bolchevique; tuvo que abandonar sus pasiones y sus sueños, a pedido de su familia;  y por una depresión que la iba consumiendo poco a poco, quedó desempleada a temprana edad. En un sistema donde no tener trabajo aparecía como ofensa criminal, Masha pasó diez años de su vida encerrada en un hospital psiquiátrico, un encierro que fue quebrándola gradualmente gracias a un insólito aislamiento y a la administración de drogas a pacientes mentales. Murió en 2000, en los brazos de su hija, tras perder en la lucha contra el cáncer.

Fue siete años después de su muerte cuando su yerno tropezó accidentalmente con cajas que, debajo del polvo, guardaban negativos fotográficos sin revelar. 30.000 imágenes conforman el tesoro de Masha, un tesoro jamás dado a conocer por descreer ella misma de su talento. La falta de confianza y autoestima la ataron como a un grito silenciado, bajo la sombra de aquellos a los que admiró.

En las calles de Leningrado y San Petersburgo, dedicó su vida a fotografiar el universo que la rodeaba. Retratos en la ciudad o a orillas del río Neva, una multitud en el desfile del Primero de Mayo, manifestaciones comunistas y hasta un mono encadenado observando el mundo desde una ventana (cual reflejo de su propia existencia), son algunas de las miles y miles de fotografías de Masha, que nunca mostró en su vida y que sólo su muerte sacó a la luz.

Hoy nos recuerda al caso que aquí te contábamos de Vivian Maier, la niñera fotógrafa de Nueva York que, por falta de dinero, jamás había revelado sus trabajos, hoy mundialmente conocidos y aclamados por los mejores en el rubro.

Es muy difícil combatir la dualidad emocional que generan estas historias; detrás de la alegría por el descubrimiento, subyace una angustia inconfundible. Dos mujeres cuya luz podría haber enceguecido al mundo y que, por falta de recursos, sea confianza o dinero, permanecieron en una oscuridad que no les era propia. Que las obras de Masha y su historia hagan eco en las almas de muchos es el deseo que plasma su hija Asya en su página web. Pues, Asya, déjame decirte que aquí ya lo han hecho.  T: Vic Vanella (Vía RadioFreeEruope)

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