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#lamonoPLEASURES: tapas asiáticas, dragones y rap de los 90 en Spicy



Puede que ya les conozcas, por el maravilloso neón que exhiben en la entrada, donde aparece un enorme dragón echando fuego por la boca. ¿Nos estará avisando de lo que nos depara el futuro una vez crucemos esa puerta? Ellos son Spicy, una taberna oriental en el barrio de Sant Antoni, que ha apostado por la fusión asiática y el street food de calidad. Recreando las abarrotadas calles de los mercados orientales, su carta invita a probar muchas cosas distintas. Tapas para compartir, bocados que coges con las manos, sabores dulces y picantes, salsa chili… Nuestra experiencia fue explosiva, nos encantaron sus platos, su presentación, los sabores intensos y, por supuesto, su ambientazo. El local estaba a reventar, mientras de fondo escuchábamos todos los temazos de R&B y rap con los que crecimos en los 90’s.

En Spicy puedes elegir entre comer en la barra, compartir una gran mesa con desconocidos (las mejores conversaciones surgen alrededor de una mesa), o bien en mesas de cuatro. Al abrir solamente de noche, apetece mucho un buen trago para acompañar la cena y su carta de cócteles orientales te sorprenderá con ingredientes como el yuzu, el sake o el umeshu, un licor de ciruela japonesa. Nosotras probamos uno con ginebra y frambuesa que venía dentro de una bolsa de plástico (sí, como lo oyes). Sin duda, el rojo y el negro son los colores que presiden todo lo que envuelve a Spicy. Empezamos nuestra degustación con unos Ebi Chili (langostinos salteados con salsa de chili), picantes y adictivos, que contrarrestaban los fideos de boniato con verduras. Desde este momento, ya nos sentíamos integradas en el mood Spicy.

Después llegaron el Tori Karage (pollo frito con mayonesa japonesa) y el Paigu (costillar de cerdo rustido con salsa BBQ). El costillar era tierno y sabroso y nos encantó la mayonesa que acompañaba el pollo rebozado. Fue entonces cuando llegó el bao de cangrejo softshell y salsa chili que, además de una pinta de muerte, estaba riquísimo, ni demasiado jugoso ni demasiado seco. Y nuestro viaje por el continente terminó en China, con un postre del que somos fans incondicionales, aunque mucha gente no suele apreciar: las bolas chinas. Lejos de ser algo sexual, se trata de esos pastelitos hechos de harina de arroz glutinoso recubiertos con semillas de sésamo y rellenos de una pasta de judía negra que suelen encontrarse en cualquier restaurante chino. Aunque estos estaban muy bien hechos, blanditos y sin pasarse de dulces. Nos quedaron muchas cosas por probar, así que pronto habrá segundo round.

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