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la Barcelona del viento: retales de una ciudad



 

Via Layetana con la catedral al fondo, Francesc Català Roca

Si algo caracteriza una gran ciudad es que, con los años, se convierte en un cúmulo de historias. Historias de sus gentes, de sus calles, de aquellos que la gobernaron, de los que intentaron destruirla, de sus trapos sucios… Historias que, al fin y al cabo, forman parte de su creación y su evolución. Barcelona es sin duda un claro ejemplo de esto y, por eso, ha sido considerada por muchos autores como una ciudad literaria ¿Qué ha convertido a Barcelona en musa e inspiración de la literatura? Autores como Eduardo Mendoza, Quim Monzó o Montalbán han escrito sobre sus callejones, sus barrios, o sus antiguos comercios, plasmando una Barcelona un tanto desconocida hoy en día.

Y es que cuesta encontrar algo genuino en la ciudad. En el año 2001 Carlos Ruiz Zafón hizo un retrato de la Barcelona de los años 40 en su primera novela para adultos, La sombra del viento. En ella recorre la ciudad condal a través de sus secretos – algunos reales, otros más imaginarios-, momentos y lugares históricos convertidos hoy en recuerdo. Pero todavía quedan lugares en Barcelona que pretenden seguir siendo auténticos. Uno de ellos es el Mercat de Sant Antoni, donde aún se pueden vender libros, cambiar sellos y rescatar obras literarias extraviadas en el tiempo. En mi último paseo por este desván literario, encontré un libro que entre el polvo y las gangas llamó mi atención. Su título, La Barcelona del viento, dejaba entrever que existía una relación entre él y la novela de Zafón: a través de un recorrido histórico, sus autores, Mercè Vallejo y David Escamilla, reproducen los pasos de los protagonistas de la Sombra del viento por la ciudad, recordando sus curiosidades, sus momentos más difíciles durante la guerra y la posguerra, y sus épocas de máximo esplendor.

Barcelona 1950, Oriol Maspons

Barcelona 1950, Oriol Maspons

Gracias a la literatura sabemos que Barcelona ha sido siempre una ciudad en continuo avance y expansión. Han cambiado sus edificios, sus monumentos, sus plazas, incluso los nombres de sus calles. ¿Sabíais que durante su construcción en 1917, en la Plaza de Catalunya crecieron apios? En realidad no eran apios, sino palmeras, pero debido a su poca altura y a sus hojas atadas, los barceloneses hacían mofa e, irónicamente, las llamaban “los apios”. Afortunadamente, las obras de la plaza avanzaron con rapidez, y a pesar de que los planos ideados por Ildefons Cerdà no la contemplaban, lo que en un principio fueron unas desaprobadas palmeras, acabaron siendo preciosas esculturas de Frederic Marès, Josep Llimona, Enric Casanovas, o Josep Viladomat, entre otros.

Quien aterrice ahora mismo en Barcelona por primera vez encontrará una ciudad turística y abierta al mundo que, al mismo tiempo, lucha por mantener su esencia. Lugares como Els Quatre Gats resisten como reclamo turístico, poco frecuentado por sus autóctonos. Sin embargo, en otra época fue nido y cobijo del modernismo catalán y de todos aquellos artistas que hoy enorgullecen  Barcelona y forman parte de su nombre. La idea de su apertura fue del artista Pere Romeu quien, decidió emular el famoso cabaret Chat Noir de Montmartre, considerando que Barcelona necesitaba un café, un punto de encuentro y difusión de las corrientes artísticas que se estaban asentando en la ciudad. A pesar de sus buenas intenciones, Romeu no disponía del capital necesario para tal empresa, así que, como quien dice, tiró de contactos y contó con la ayuda económica de dos artistas ya por entonces reconocidos: Ramón Casas y Santiago Rusiñol. Una de las cosas que más sorprenden a aquellos que visitan Els Quatre Gats es su nombre. Parecería un nombre inventado al azar en un momento de no mucha lucidez, pero lo cierto es que debe su nombre al escepticismo de algunos barceloneses que, no muy convencidos con la finalidad del proyecto miraban el café artístico con recelo: “No sé en qué pensáis… Si solo van a venir cuatro gatos”, decían. Entre esos cuatro gatos, un joven Pablo Picasso de 18 años hizo su primera exposición pública. Tan de andar por casa fue, que los cuadros fueron fijados en las paredes con chinchetas y sin marco; fue la obra de un principiante que, a decir verdad, no tuvo mucha repercusión. Pero no solo fue lugar para el genio de la pintura. A partir de su inauguración en 1897, el café se convirtió en una cita obligada para los representantes de las tendencias artísticas más avanzadas. Fue lugar de certámenes literarios, tertulias políticas, recitales poéticos y fiestas que duraban hasta bien entrada la madrugada. Regoyos, Nonell, Gaudí o Rubén Darío se dejaron caer por él durante su época más espléndida hasta que en 1903 cerró sin previo aviso. Los artistas, como las modas son volubles e inciertos, y la aparición de otros locales convirtió Els Quatre Gats en un simple café de barrio bien decorado. Quién lo diría.

Ilustración de Els Quatre Gats, realizada por Ricard Opisso

Ilustración de Els Quatre Gats, realizada por Ricard Opisso

La tradición artística y cultural de Barcelona es indudable. En la Sombra del viento, el amigo de Daniel Sempere, Frederic Flavià, tenía una doble vida secreta. Durante el día era un simple relojero, pero por la noche la música invadía su cuerpo y actuaba de forma clandestina en locales no aptos para la moral del momento. No sabría decir si Zafón se inspiró en alguien para crear ese personaje pero el caso es que no fue el único relojero con doble oficio en Barcelona. En el número 56 de la calle Avinyó se encuentra actualmente un restaurante, pero a finales del siglo XIX fue una relojería propiedad de Frederic Soler, más conocido como Serafí Pitarra. El dramaturgo compaginó su oficio de relojero con la escena teatral catalana hasta que decidió traspasar el local y dedicarse al teatro en cuerpo y alma.

Si uno sigue la calle Avinyó hacia arriba y gira a la izquierda, tarde o temprano llegará a la Plaza Reial. Posiblemente, cuando un barcelonés piense hoy en la Plaza Reial lo primero que venga  a su mente sea tomar unas cañas, picar algo y, tal vez luego, salir de fiesta. Desde fuera parece un perfecto rectángulo, calculado y diseñado con una perfecta simetría, pero esto solamente es un efecto óptico. Su autor, el arquitecto Francesc Daniel Molina i Casamajó, decidió dar a la plaza esta apariencia de simetría, a pesar de que el trazado original de la planta es irregular. El objetivo era conseguir un impacto visual sereno, en contraste con las calles sinuosas que desembocan a la plaza, estableciendo un vínculo armónico entre las corrientes medieval y racional del urbanismo. Entre palmeras y terrazas, la fuente de las Tres Gracias sirve de apoyo y lugar de espera para los ciudadanos. A los dos lados de la fuente encontramos el primer trabajo que el Ayuntamiento de Barcelona encargó a Antoni Gaudí cuando tan solo tenía 26 años: las famosas farolas o, como él las llamaba, “los candelabros”.

Plaza Reial

Llegamos al final de este recorrido por algunos de los lugares más emblemáticos de Barcelona – podría seguir contándoos muchas más curiosidades sobre su historia pero eso sería… ¿spoiler? – no sin antes dar un paseo por su ciudad subterránea. Sí, he dicho ciudad subterránea. En la Barcelona de Zafón existía un lugar secreto, un almacén laberíntico donde uno podía perderse y no regresar caminando entre sus infinitas estanterías de libros: el Cementerio de los libros olvidados. La vida real no suele ser tan utópica así que en 1940 Barcelona inauguró la Avenida de la Luz. Se trata de una de las primeras galerías comerciales de la ciudad y la primera subterránea que se inauguró en Europa. Se encontraban en la calle Pelayo y formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso llamado Ciudad Subterránea, que no pudo llevarse a cabo por problemas técnicos, económicos y legales. Estas galerías subterráneas contaban con todo tipo de establecimientos comerciales, un cine e incluso una emisora de radio. El éxito que tuvo llevó al Ayuntamiento a declararlo lugar de atracción turística en 1949, pero a principios de los 90 el lugar entró en decadencia y fue totalmente clausurado. Bueno, no del todo. Todavía hay una parte de la avenida en activo, pertenece al centro comercial El Trianlge y es, para muchas mujeres, el paraíso subterráneo de la cosmética ¿os suena? Por cierto, este centro comercial repleto de tiendas y cafeterías tan modernas, fue tiempo atrás un solar lleno de basura, conocido y repudiado por los barceloneses como “el triángulo de la vergüenza”. Hoy lo único que da un poco de vergüenza es el precio de algunas tiendas.

Los alquileres siguen subiendo, la ola consumista que ha invadido la ciudad sigue abriendo nuevas tiendas – en realidad las mismas – en cada esquina. Pero el retrato de aquella Barcelona que algunos ni siquiera conocimos nos recuerda que vivimos en una ciudad de historia – e historias –, de artistas, de literatura. Tal vez esa Barcelona ya solo exista en los libros. Su relato, aunque lejano, es imborrable y puede que solo aquellos que lo lean sean capaces de ver lo que se esconde tras la telaraña más superficial, y conozcan plenamente el lugar en el que viven. T: Andrea Sánchez.

Plaça de la llana, Francesc Català Roca

 

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