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#Imprescindibles21: Lo íntimo es el pudor en la mirada ajena



Nan Goldin, Nan y Brian en la cama (La balada de la dependencia sexual), Nueva York, 1983.

 

Mark Morrisroe, Untitled (John S. and Jonathan), 1985.

 

Nobuyoshi Araki, Sentimental journey, 1971.

Para alguien introvertido, la idea de su intimidad se vuelve un fuerte al que muy poca gente tiene la posibilidad de acceder. La intimidad se convierte en un diario manuscrito con candado, donde mostrar el cuerpo, las heridas y las emociones no siempre surge como algo tan orgánico y natural como debería ser. Son muy pocas las personas que dejamos entrar, metafóricamente, en el salón de nuestra casa donde mostramos sin pudor nuestros pensamientos, nos descuidamos que vamos despeinados o utilizamos las expresiones más cotidianas. Mostrar nuestro mundo no es fácil cuando la diferencia ha conllevado alienación, ni cuando el silencio ha sido escogido ante la incomprensión. Así, vamos construyendo una intimidad velada por aquellas referencias literarias, visuales y conceptuales que parecen hablar de uno mismo siendo un sujeto totalmente desconocido. Si pensamos, metafóricamente, serán muchas las personas que hemos dejado en el recibidor de casa, sin invitarles a atravesar el umbral de nuestra vida más exterior a nuestra parte más íntima. El recibidor es el lugar en el que nos mostramos parcialmente, ya que nos mantenemos, todavía, sin despeinar y hacemos uso de nuestras expresiones más formales. Esa casa metafórica que somos nosotros y en la que no somos otro yo, sino un yo en otra distancia, simplemente. El pudor, el prejuicio o la vulnerabilidad ante los ojos del otro puede llegar a existir, per al final los diarios manuscritos solo son leídos por aquellos que están dispuestos e interesados en comprender tu caligrafía y comprender las luces y sombras de la vida. Ellos siempre serán esa casa, nuestra casa.

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En la fotografía de Nan y Brian en la cama de Nan Goldin observamos la profundidad de la intimidad vital. La calidez cromática y la intensidad de la mirada de Nan nos sumergen en una escena que no nos pertenece, pero en la que somos el tercer sujeto observador. Nan Goldin construyó su propio diario fotográfico (La balada de la dependencia sexual) en el que aparecían sus amigos, aquellos con los que compartía su vida en la Nueva York contra-cultural de 1970 y 1980, en una diversidad de escenas donde estaban representadas diferentes maneras de amarse, relacionarse, vivir e identificarse personalmente. Así, en las fotografías de Goldin acabamos viviendo una realidad de manera explicita y salvaje. Las emociones, el sexo, el amor, lo constructivo y destructivo… Todo está en esas fotografías de intenso y vívido color.  Goldin muestra la vida que vive a través de la imagen, una intimidad propia y la de los que viven a su alrededor, y nos abre un campo de reflexión en el que nos sentimos inmiscuidos en una realidad que nos va atrapando. Así, esos colores intensos se congelan en nuestra retina como se conservan los recuerdos en las fotografías de Goldin. Probablemente, fotografiar mucho algo, como apuntarlo, permite no olvidarlo, ni perderlo. Es una forma de conservar aquello que la vida se va llevando, de no dejar ir tu historia personal y también parte de nuestra historia más colectiva.

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En las instantáneas de Mark Morrisroe existe una unión indisociable entre la vida y la creación artística. Morrisroe, a pesar de su temprana muerte, dejó una larga y experimental obra en la que él, su entorno y su intimidad muchas veces fueron el centro de su discurso artístico. Morrisroe documentó su vida hasta el final de sus días, un desenlace en el que el artista mostró de una forma contundente y muy intimista la parte más devastadora de su enfermedad. En cierta manera, los artistas que han iluminado aquello que pocos se han atrevido, por pudor y prejuicio, son los que nos han dado las lecciones más importantes sobre lo fundamental que resulta conocer la realidad desde todas las perspectivas que sean posibles. Sabemos de la existencia de la vulnerabilidad vital que hay intrínseca en nosotros pero no siempre estamos con la predisposición de mirarla directamente y de una forma honesta y natural.

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Escribir es una forma de exteriorizar algo interno, a la vez que leer es interiorizar algo ajeno. El 2 de mayo de 1913, Franz Kafka escribía en sus diarios: “La imposibilidad física de escribir y la íntima necesidad de hacerlo”. Los que encuentran en la escritura de Kafka un refugio, experimentan esa sensación de cómo una escritura ajena a la tuya puede hablar más de tu intimidad que tus propias palabras. Regresamos de forma sempiterna a las palabras de Kafka en busca de textos que nos abran otras reflexiones, nuevas puertas, nuevos lugares. Sin embargo, puede resultarnos desconcertante la idea de que estos textos existan fruto de la desobediencia de Max Brod, que se negó a cumplir el deseo explícito de destruir los escritos del autor y que lejos de quedar olvidados, esos textos en los que Kafka plasmó parte de su interior emocional, se han vuelto parte fundamental de la literatura universal. En cierta forma, ahí habita la dicotomía de la literatura más personal cuando algo íntimo acaba en la mente de muchos lectores.

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Detrás del poético título del proyecto fotográfico de Nobuyoshi Araki, Sentimental Journey, se encuentra plasmada la relación que tuvo con su mujer Yoko Aoki. Un diario visual que se convierte en una declaración de amor, pero en el que también está presente la muerte. Un viaje en el que navegamos íntimamente entre las dualidades de una intimidad que no es nuestra, pero que de alguna forma habla de nosotros o de algo tan universal como el amor. Y ahí reside la mayor dicotomía, la de una intimidad que compartimos inconscientemente, pero que sin embargo, protegemos y son pocos los que se atreven a mostrarla. Quizá por miedo a sentirnos vulnerables. Porque en la vulnerabilidad vemos la parte más cruda, más real y menos sofisticada y porque ahí, muy probablemente, aunque nuestra realidad vaya a ser idéntica a la de los demás, resida el pudor de la mirada ajena.

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La vertiginosa rapidez del día a día me lleva a redactar en las notas de mi móvil las reflexiones que me ocupan el pensamiento de manera intermitente mientras camino de un lugar a otro, mientras estoy en otras ciudades o cuando trato de apagar mi mente después de un largo día con el propósito de darle descanso al cuerpo. Escribo notas compulsivamente como si quisiera documentar todo lo que pasa por mi mente. Estas notas se van almacenando hasta el día que regreso a ellas. Algunas las encuentro sin interés y las borro tiempo después. Otras me conducen a espirales de reflexión infinitas. Voy volviendo a ellas de manera ocasional. Me recuerdan citas, imágenes, pensamientos y así voy construyendo una reflexión alrededor de ellas. Hace poco revisando esas notas, fui consciente de cómo muchas de esas notas almacenaban dicotomías. De alguna forma, todas las reflexiones guardaban una doble vertiente. La de un camino, pero a veces la de su opuesto. La de una idea que se bifurcaba en dos. O la de un concepto que se encontraba polarizado en dos ideas indisociables. Y entre todas esas dicotomías y pensamientos expuestos intermitentemente como si fueran notas escritas en un post-it nace la tercera temporada de #IMPRESCINDIBLES.

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