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HEROÍNA BEIGE EN VENA



Entablamos una conversación extrañamente fluida pese a que ella, la única, la únicamente común Miss Beige, no habla. No utiliza la voz de la que hace uso el ser humano normal. ¿Cómo entonces? Se comunica bien. La comunicación es posible a pesar de todo(s) y aunque no abra la boca.

Dos señores de Santander que compartieron banco con ella en una de sus performances -en el Festival Desvelarte- fueron testigos y pueden dar fe de su conversación acalorada sin mediar palabra. Media hora de comer pipas mirando al infinito -escupiéndolas, como ella suele- da para intimar.

Tiene voz propia, pero ésta no es física. Eso sí, la cuestión verbal la deja para la escritura y el refranero tradicional. Adora esa parte: “es maravilloso, sabio. En la era de las frases de Paulo Coelho, donde la felicidad se ha infiltrado hasta en el marketing”, nos cuenta, el refranero nos devuelve a la riqueza “de un léxico riquísimo como es el del castellano”. El reto para Ana Esmith (Madrid, 1976), la actriz y periodista que le ha dado vida, estaba en representar un personaje que no mediara palabra, cuando habría sido lo más sencillo tras volver a su tierra natal – y tras vivir quince años en Londres-. Asimismo, creedme, Ana podría protagonizar más de un acalorado debate con su labia. Lo bueno en ella es la visión empleada, la vuelta de tuerca a las escenas corrientes que nos brinda la vida, el juego con el lenguaje y la contraposición de conceptos, la antítesis que se desprende de su cara, completamente grave, por ejemplo, al lado de una pintada que reza “Siempre feliz”. Y, ¿por qué no?, la mueca que genera el hecho de verla observando esta España nuestra, tan cañí o cani, tanto monta…

Es curioso: ella nunca sonríe, pero nos hace reír.

DE GRANA Y LLORO

“¡Abajo el género! ¡Arriba el beige!”

Miss Beige no interviene en el escenario en el que es fotografiada, ella pasea, ausculta, radiografía lo ordinario con solo pasar y posar muy severa al lado de un parquímetro, sosteniendo un libro titulado “¡Matar al papa!”. No cambia el entorno, lo disfruta y lo deja tal y como lo encontró, ya da suficiente material como para además manipularlo. Pone en valor la toma de las calles (Miss Beige taking the streets), la belleza de lo raro, lo extrañamente cómica que puede resultar nuestra sociedad sin adulterarla. Con ello, nos apunta, nos anima a perder el miedo que siempre hemos tenido. La dictadura del pensamiento unificado es una de las guerras que libra esta heroína, nos alienta a tener una opinión, a ser nosotros mismos respetando al otro. Hay reivindicación, hay alegría en sus imágenes tan circunspectas, humor ante la adversidad, una lucha consciente por los derechos LGTBI, hay conciencia social. Si le ves un aire ciertamente andrógino es precisamente por eso, para clamar al mundo: “¡Abajo el género! ¡Arriba el beige!”.

El derecho a la tristeza

Miss Beige es un personaje que cuestiona las reglas establecidas sin tan solo un parpadeo. Ella no parpadea, es impertérrita, guerrera enfundada en un vestido que fue el comienzo de este trayecto performativo. Nos infunde valor con su dignidad y su amor propio. Ella no tiene que gustar a nadie, es auténtica, con su pelo sucio o su semblante imperturbable. Se erige en heroína de la normalidad, como a ella le gusta pensarse, y reivindica la individualidad que las grandes ciudades, el capitalismo, la era de la homogenización total nos ha ido sustrayendo. Quiere hacernos reflexionar. Tú, si tú, entérate, nos espeta, “la felicidad absoluta que nos están vendiendo en la actualidad es dañina. No poder mostrar ninguna debilidad es una aberración. Como mujer debo ser la madre perfecta, la artista perfecta, hacer gala de una felicidad impuesta. Todo es perfecto continuamente. Vale, pues yo tengo un día de mierda y no me ha dado tiempo a lavarme el pelo, ¿y qué?”.

Justicia poética feminista

A Miss Beige no le interesa el triunfo, cuanto más caiga alguien, más le apoyará. Representa al héroe anónimo, a la mujer heroína común. A ella le inspira la gente normal. Ella es, en sí, la venganza de la clase obrera. Y añado: la de la mujer. “La gente trabajadora y honrada nunca tuvo la posibilidad de estudiar un máster, ahora no le puede dar miedo a la posibilidad de que le hayan quitado ese derecho, nunca lo tuvo”. Con tan poco gesto o con ese gesto tan severo, con tanta quietud, sin embargo, echa abajo estructuras y cimientos de lo comúnmente aceptado. Un ejemplo así al vuelo: la falocracia.

ABAJO LA FALOCRACIA, ARRIBA EL BEIGE

Traje y complementos: nace una estrella

Esmith, hace un tiempo, en vez de quedarse un domingo en el sofá leyendo un libro, se va al rastro y decide darle vida a algo que no la tenga. “El proceso”, explica, “va desde fuera hacia dentro”. Un vestido beige yace sobre un montón de ropa arrugada, es elegido como traje de heroína de la normalidad. Sin pretensiones. “Es ancho, feo, no tiene vida”, nos relata. Su labor consistió en dar vida a algo que aparentemente estaba muerto: ahí apareció el reto. Lo complementó su amplio fondo de armario, como buena actriz.

Guantes, gafas retro veladas con un poso oscuro, su pequeño bolso del que asoma el palo de un martillo, su cinturón a juego, su guardapelo o relicario, ¡las gabardinas!-. Un total look con el que lucha por algo tan digno como la normalidad. Sin pretensiones. Tan disruptiva como puede serlo una heroína cotidiana de estas características.

LA YIN Y LA YAN

Un detalle curioso es que la mitad de la gente con la que se cruza por la calle no ve el martillo mencionado. Repara por ejemplo en los guantes: “¿No tienes calor con ellos?”, le pregunta alguien. Otra persona acuña el gesto de “Pobre señora” hasta que lo ve y da un respingo. Ella, por lo que sabemos, lo lleva “por si acaso”. Lo típico.

TRANKIMAZIN

Condición sine qua non: all you need is beige

Si Miss Beige come, tiene una condición sine qua non: que el alimento, biscote, té, lo que sea, sea beige. Si bebe alcohol lo tiene claro: crema de orujo, por el color, claro. Así es ella, vive en su propia fantasía, todo, totalmente, debe ser de ese tono aparentemente aburrido, de ese no-color.

Y no, no comulga con ninguna religión. En todo caso podéis adorarla a ella.

Objeto de culto. Es adictiva.

¿Cómo? Fácil: sal ya a las calles, tómalas. Allí se encuentra lo más interesante. Sé único y común como solo puedes serlo tú. T: Alicia G. Núñez

NOTA: Las fotografías son obra de Maria Dain.

Puedes hacerte con su libro Ana Esmith (Miss Beige Taking the Streets) en La Fábrica, La Central o, en Madrid, en La Swinton Gallery.

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