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cuidado con los sueños, se pueden hacer realidad



La Gran Familia Española es una comedia con tintes dramáticos dirigida por Daniel Sánchez Arévalo y protagonizada por un reparto coral en el que destacan Roberto Álamo, Antonio de la Torre y Verónica Echegui. Este largometraje, estrenado en 2013, gozó del beneplácito del público y la crítica especializada, que se tradujo en 11 nominaciones a los Premios Goya, entre los que se incluyen los galardones en las categorías de Mejor Actor de Reparto – para el citado Roberto Álamo – y Mejor Canción Original – “Do you really want to be in love?” del cantautor de música folk estadounidense John Rause -. Hasta aquí todo normal, entonces, ¿qué es lo que hace especial a esta película? Que el desarrollo de la trama coincide con una de las noches que ha marcado la historia reciente de España, el 11 de julio de 2010, una noche en la que el dicho popular “se paralizó el país” alcanzó su máxima expresión.

Queramos o no, todos (está bien, tal vez no todos, pero no acepto una cifra inferior al 99%), recordamos qué estábamos haciendo aquella noche en la que España ganó la XIX edición del Campeonato del Mundo de Fútbol celebrado en Sudáfrica. No entraré en detalles de las vicisitudes que llevaron a nuestra selección a alcanzar el cielo futbolístico, pero si me recrearé en dos momentos que me impactaron especialmente a nivel personal y no fueron las vuvuzelas y su sonido endemoniado al que acabamos cogiéndole cariño, ni los aciertos en sus pronósticos del malogrado y añorado pulpo Paul.

Durante todo el campeonato, la señal de televisión llegaba a los hogares españoles con un par de segundos de retraso (algo que no sucedía con la señal emitida a través de las ondas radiofónicas), un lapso aparentemente insignificante pero que en el preciso momento en el que Andrés Iniesta golpeó el balón de nuestras vidas, se convirtieron es una eternidad. El estruendo que se escuchó en las calles era una señal inequívoca que el esférico había acabado en el fondo de las mallas, haciéndome sentir como Michael J. Fox en su personaje de Marty McFly en Regreso al Futuro (Robert Zemeckis, 1985). Dos segundos en los cuales me vinieron a la memoria imágenes de mi niñez cuando jugaba a que España ganaba el Mundial. Pues bien, iba a suceder y no estaba preparado para ello. En el fondo, ¿quién iba a estarlo? Cuidado con los sueños, se pueden hacer realidad.

Una vez recuperado del shock inicial y con los ojos aún lagrimosos, emprendí el camino hacia la Plaza de España de Barcelona, los coches aparecían en perfecta armonía desde todas las calles aledañas a las principales avenidas de la ciudad, el caos hecho orden. No nos habíamos citado, pero todos teníamos una cita allí y lo sabíamos sin necesidad de recibir una notificación de Gmail. Y de pronto, aquellas miradas. Sí, aún las tengo muy presentes. Desde mi coche miraba (a los ojos) a completos desconocidos, pero no hablábamos. ¿Para qué? Sobraban las palabras. Sentíamos lo mismo y lo sabíamos. Porque aunque solo fuera durante unas horas, todos fuimos más humanos, la persona que tenía a mi lado había dejado de ser un rival en la jungla de la vida cotidiana del Siglo XXI. Era alguien sintiendo lo mismo que yo, pero cada uno a su manera. Echo de menos aquellas miradas.

Y es que un Mundial de Fútbol no se parece a ninguna otra competición deportiva. Tus enemigos futbolísticos temporada tras temporada se convierten en tus hermanos de sangre, empatizas con aquella selección revelación que queda eliminada por una jugada de mala suerte y creas vínculos emocionales con lugares que nunca has visitado y probablemente nunca lo harás. Ocho años después de aquella noche, la esperanza de volver a experimentar aquellas sensaciones continúa intacta, aunque no será este año y probablemente nunca será igual que la primera vez.

 

 

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