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con amor, desde finlandia (desde una residencia)



finland 1

La repetición es la esencia.

Haz algo unas cuantas veces y se convertirá en un hábito. Aparentemente, 21 días es la menor cantidad de tiempo que se necesita para repetir algo antes de que se convierta en práctica.

Repito la repetición hasta que se convierte en una segunda naturaleza.

Repito la misma rutina todos los días hasta que realmente no tengo ni idea de qué día de la semana es, la repito hasta el punto en que no importa si es día 24 o 25 o ninguno de los dos, martes o domingo.

La repito porque es otro día de escritura en Finlandia.

Me levanto temprano hoy. Pero más tarde que ayer. Y antes que mañana. A medida que la luz del día disminuye, el sueño se hace más largo. Subo las persianas esperando que todo fuera esté cubierto de blanco, pero desafortunadamente la nieve de ayer no ha sobrevivido a la noche. Me pongo las zapatillas azules que me dieron al comienzo de la residencia, porque los zapatos sucios no deberían entrar en casa. El diseño finlandés es perfecto por su artesanía y su cuidado.

Bajo las escaleras medio dormida y encuentro café negro ya listo en la cafetera francesa. Es muy práctico que Dominick se despierte siempre antes que yo y que necesite tanto café como yo. Bebo café y escribo en mi diario. Pequeños placeres que se convierten en inmensos. Diario y café negro amargo preparado por otra persona.

Bella aparece. Hablamos de nuestro sueño – hoy fue mejor que ayer, todavía tiene pesadillas nocturnas y sigue el consejo de su madre de ir poniendo el colchón en una dirección diferente cada noche.

Hago el desayuno. Me niego a comer salmón ahumado con pan de centeno. ¿Me estaré empachando de salmón? Imposible. Me lo comeré para el almuerzo en su lugar. El desayuno será una tostada con pera y mantequilla de cacahuete. Como para mantener el calor. Como cuando estoy aburrida. Como cuando estoy feliz. Como antes y después de escribir. Como si no puedo escribir. Como porque la cocina es donde pasan las cosas buenas dentro de esta casa.

Subo las escaleras, me pongo mi chaqueta gruesa y unos pantalones más calientes. Bajo de nuevo las escaleras y cambio mis zapatillas por mis Doc Martens y maldigo el día en que decidí llevar Doc Martens a Finlandia. Mis dedos de los pies ya están helados y aún no he salido de casa.

Salgo afuera, donde todo está tranquilo, quieto y hermoso. ¿Debo girar a la izquierda o a la derecha al final de la carretera? Decisiones. Un día más. Camino sin rumbo por algún tiempo y finalmente me dirijo al bosque, donde el musgo es surrealista y mis dedos de los pies ya no son dedos de los pies, sino pequeñas extremidades congeladas que cuelgan de mis pies. No hay ruido, ni pájaros, ni hojas secas. Me doy cuenta de lo poco que he escuchado música durante todo este mes, exceptuando Candy May, que no paro de escuchar, principalmente porque But I never wanted to look sharp / down the barrel of broken heart (Nunca quise ver con nitidez / Bajo el cañón del corazón roto) es una frase que me gustaría robar. Una canción en 30 días.

Repetición.

Finland 2

Todavía estoy afuera y la niebla se está volviendo más espesa. El aire está limpio y mis pulmones están felices. Miro la casa número 90 y la número 92 y la número 94, donde hay un establo y un caballo. Miro la casa roja y la casa amarilla y la otra casa amarilla donde ya hay un árbol de Navidad. No sé cuánto tiempo estuve fuera pero mi cerebro está un poco más calmado y puedo comenzar a caminar con mis dedos congelados. Maldigo las Doc Martens.

Me meto en la ducha. Siete personas viviendo en una casa con dos baños y nunca he tenido que esperar para usar uno. El diseño finlandés, el cuidado finlandés, ¿podría ser que también estuviéramos funcionando en un tiempo finlandés, perfectamente simétrico?

Me siento en mi escritorio y miro mi ordenador. Escribo algo. El comienzo de algo. Se titula “Un capítulo de la casa”. Miro por la ventana hacia el campo y la cosecha amarilla. El lago está vidrioso hoy y quiero arrojar rocas sobre él y ver el hielo romperse. Maldigo a mis Doc Martens y decido quedarme en mi silla.

Puedo ver a Tom caminando, lleva sus grandes cascos de color naranja. Se detiene en medio del campo, saca su paquete de Camel Light y enciende un cigarrillo. Probablemente esté pensando en el próximo capítulo de su novela. Una novela, qué valiente aventura escribir una novela entera.

Escribo algo bueno. Decido seguir adelante. Un par de líneas más tarde, decido que es horrible. Decido dejarlo. Tal vez solo necesito un poco de café. Tal vez lo que realmente necesito es menos cafeína, en su lugar prepararé té de menta.

Cocina. Su se está haciendo un aperitivo: fideos picantes y café solo. Le digo que no creo que realmente pueda escribir. “Yo tampoco puedo”. Hago té, ella come sus fideos y volvemos a nuestros escritorios a escribir.

Me siento y no paro de moverme. Vuelvo a leer el horrible texto y decido que en realidad tiene potencial. Jue viene a mi escritorio y me dice que los comentarios serán a las seis esta tarde. Plazos, mis buenos viejos amigos. Sigo escribiendo sobre los trópicos lejanos. El calor, el verde, la nostalgia. Me levanto y voy a la cocina.

Ryan está preparando té y huevos fritos. Su amigo de Londres está de visita. Una nueva cara en la cocina. Ellie entra para llenar su plato de nueces. Hablamos de David Attenborough y Planet Earth: ¿debería la naturaleza tener una narrativa? ¿Deberíamos alentar a un animal o no? Estamos de acuerdo en lo devastador que será el día en que fallezca el señor Attenborough.

“No puedo escribir”.

“Yo tampoco puedo”.

Volvemos a nuestros escritorios a escribir.

Son las cuatro de la tarde y está casi completamente oscuro. Esta casa siempre es acogedora, pero se vuelve aún más acogedora en este momento del día. No estoy en la cocina, pero puedo escucharles hablar. Son Pan y Tom. Hablan de un pastel de almendras. Me contengo de ir a la cocina. Harriet está sentada en su escritorio detrás de mí y también tiene su lámpara encendida y su té. Es el momento perfecto para escribir. No hay luz natural ni pastel de almendras en la línea de meta. Nosotras tecleamos.

Es la hora de la cocina. “¿Quién quiere ir a la sauna esta noche?” Sí por favor. “¿Y después de eso una película?” Sí por favor.

“No puedo escribir”.

“Yo tampoco puedo”.

Volvemos todos a nuestros escritorios y tecleamos.

finland 3

Es un día entre semana y la repetición se rompe. Es hora de un viaje al supermercado donde quedo maravillada por las galletas y los diferentes tipos de pan de centeno y ¿cómo puede el salmón verse y saber tan bien?

Hago cola para pagar y sostengo con orgullo una sandía que no puedo creer que haya logrado encontrar en las profundidades de la Finlandia rural. Una sandía de Brasil. La cajera, con una agradable sonrisa y su pequeño inglés, aunque gigante en comparación con mi inexistente finlandés, me dice que olvidé pesar la sandía. Antes de que pueda responder que voy a pesar la fruta, ella se va a hacer el trabajo por mí. Detrás de mí se ha formado una larga fila de personas y trato de sonreír y decir “lo siento”, pero parece que ni siquiera notan la espera y me pregunto si la paciencia es algo que tiene que ver con ser finlandés. Incluso los adolescentes de aspecto nervioso, con sus diferentes cajas de chocolate y patatas fritas, parecen estar completamente bien con este problema en el sistema causado por un antojo de sandía.

La rutina sigue rompiéndose. No volvemos directamente a la residencia, sino que decidimos dirigirnos a la tienda de segunda mano que hay en el gigante almacén que se encuentra entre esta ciudad y la próxima.

En la parte delantera de la tienda hay mesas decoradas con motivos florales amarillos y naranjas sacados de una comedia estadounidense ambientada en los años 70. Hombres con largas barbas blancas toman café y pastel (ninguno de los cuales es de segunda mano) en silencio y se dirigen a la máquina tragamonedas de la entrada para apostar. Una partida. Dos rondas. Tres rondas. Ninguno de ellos parece tener suerte ese día.

Salgo de la tienda con una revista de 1939 en finés. Tak sale de la tienda con una sierra gigante oxidada, un maletín marrón y algunos marcos antiguos para su proyecto artístico.

Volvemos y vamos directos a la cocina para descargar nuestras compras de alimentos. Hacemos té. Hacemos la cena. Lavamos los platos. Comemos galletas. Nos hemos olvidado de comprar helado.

“La sauna está lista” Si la sauna no te cura, morirás es la última línea de la lista de normas que hay en la entrada. Vamos en grupos de cinco: nos quitamos la ropa en la primera habitación, nos lavamos en la segunda habitación con un cubo lleno de agua hirviendo mezclada con agua helada y entramos a la tercera habitación.

La parte superior está más caliente y el que está sentado allí decide cuándo arrojar agua sobre las rocas para que el vapor suba. Cuando Ida o Teemu son los que están en la parte superior, el vapor sube rápidamente. Son finlandeses y han pasado toda su vida haciendo esto, sus pulmones están acostumbrados al vapor, sus cuerpos están acostumbrados al calor.

Entramos y salimos de la sauna. Afuera, me tiendo sobre una roca con musgo suave y brillante para recuperar mi aliento y mi corazón. Estoy lista para unas rondas más. Transcurre una hora entre estas entradas y salidas hasta que me siento lista para volver a ponerme la ropa y caminar de regreso a casa. Todo está oscuro y la hierba está un poco helada. Maldigo las Doc Martens de nuevo.

Cocina. Esta persona y esa persona y aquella otra persona. Alguien bebe vino, alguien bebe cerveza, los otros beben té de menta. Bocadillo de medianoche. Historia de medianoche. Trabajo de medianoche. “Voy a escribir”.

Sí, voy a escribir también.

Texto de Laura Steiner

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