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bauman, la modernidad líquida y el espejismo de las redes sociales



bauman

Me ven, luego existo. Así reformula Zygmunt Bauman parte de la teoría cartesiana en el primer capítulo de su libro – junto a Leonidas Donskis – Ceguera moral. Y añade: y cuantas más personas me vean, más existo. El sociólogo y filósofo polaco murió el pasado lunes y, paradojicamente, su muerte se viralizó en un contínuo eco que invadió las redes sociales. Si estuviera al corriente de ello, no creo que su reacción fuera más allá de una simple mueca irónica pero, posiblemente, lo habría interpetado como un eco fugaz, frágil e inestable. Nuestra reacción frente a su muerte, un eco líquido, reflejo de nuestro tiempo y patrón de comportamiento.

Y es que el padre de la modernidad líquida tenía una posición muy clara frente a las redes sociales y a su impacto en los individuos, formalizando así el porvenir ideológico y social de la ciudadanía. Los vínculos humanos vienen debilitándose desde el comienzo de la llamada época moderna y la más clara revelación de esta pérdida de valores la estamos palpando ahora, con la llegada de la posmodernidad y hasta nuestros días. Para Bauman, esta decadencia se traducía en un concepto que acuñó en el año 1999, la modernidad líquida, un modelo social que implica el fin de la era del compromiso mutuo, y donde el espacio público retrocede para dejar paso a un individualismo que conduce a la corrosión y la desafección del concepto de ciudadanía. Una sociedad fragmentada, afirma, en átomos. Y es que ya nada nos aferra unos a otros. Las sociedades posmodernas se han convertido en fábricas de desconfianza que abocan a los individuos a un mercado de competencia y división individualizada. Unos contra otros. Y frente a este individualismo o, mejor dicho, ante esta soledad, Bauman justifica el surgimiento y éxito de plataformas como Facebook. Como el animal depredador, el empresario huele el miedo y crea un espejismo, un salvavidas al que nos aferramos, creándonos una falsa ilusión de comunidad, alimentando superficial e imaginativamente nuestro anhelo de colectividad.

Creemos que formamos parte de algo grande, que va más allá de nuestras fronteras pero que, en realidad, no cruza más allá de nuestras cuatro paredes, nuestra pantalla, nuestra cabeza y nuestro deseo. ¿Estaremos usando las redes sociales como salvavidas? Y lo más importante, las estamos controlando ¿o nos controlan ellas a nosotras? Bauman no está solo en esto. Constanza Tobío, catedrática de Sociología de la Universidad Carlos III, afirma en un artículo de El País sobre este asunto que el concepto de ciudadano con derechos por el hecho de serlo ha quedado hoy obsoleto. La inseguridad que sentimos es global y su control también. Entonces, ¿es esta inseguridad lo que nos lleva a querer crear una comunidad ficticia en la que sentirnos arrelados y pertenecientes? Lo que construimos, al fin y al cabo, es una zona de confort, donde vernos reflejados a nosotros mismos. Pero Bauman responde a esto de forma rotunda: el diálogo que creamos en las redes sociales no es real. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es muy fácil evitar en ellas la controversia. Y continúa: el diálogo real no es hablar con personas que piensan como tú. Nosotros elegimos lo que entra y lo que sale. Como los caballos, obligados a arrastrar pesados carros de turistas y enamorados, nuestra visión queda alterada y reducida a una parte de la realidad, la que tenemos delante. Mirar hacia los lados ya supone hacer un esfuerzo. De esta forma, solo podemos afirmar que, pese a la falsa ilusión que crean en nuestra mente, las redes sociales no hacen más que limitar nuestras habilidades sociales. Creamos un mundo paralelo donde nosotros elegimos cuántos “amigos” tenemos, qué vemos de ellos o qué ven de nosotros en un solo click.

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Como en la famosa novela de Orwell, se trata de nuevos métodos de control empujados por la seducción de un producto: nosotros mismos. En este caso – tristemente – la vigilancia es voluntaria y autoinflingida. El individuo se vuelve mercancía y, por ello, nos vemos obligados a crear una demanda para nosotros mismos. El filósofo José Antonio Marina lo concibe como una apelación del yo, de nuestra autonomía y nuestro proyecto personal. Un auto marketing que crea a nuestro alrededor un falso sentimiento de pertenencia a ninguna parte. Sin embargo, hay quien puede pensar que Internet ha hecho mucho por el activismo, la solidaridad y la movilización ciudadana. Nos implicamos más, denunciamos más y damos más visibilidad a lo que ocurre en el mundo. Pero, ¿nos movemos de verdad? Bauman se ríe y nos recuerda que esto tiene un nombre, y es activismo de sofá. La apatía pública no desaparece porque, al fin y al cabo, un clic, una firma electrónica no supone ningún esfuerzo. En este punto debemos valorar si ese activismo lo extrapolamos a la vida real: aquello que sucede fuera de nuestra casa, que se puede palpar, que sufre, que siente, que de verdad existe.

Nuestro valor e interés se mide hoy en likes, retwits y en evaluaciones, latigazos y cuchilladas anónimas. Si estás, existes; si no estás, no existes. Y el anonimato, gran escudo del cobarde, nos sirve de almohada donde reposar nuestro veneno, que extrapolamos en odio hacia lo que no somos, lo que no tenemos, lo que queremos, lo que no toleramos, lo que anhelamos poseer. Creemos tener el control de nuestras vidas y caemos en la trampa. Pero a pesar de causarnos dolor, amargura – o una alegría banal e ilusoria – y una esclavitud inconsciente, siempre vamos en busca de más. Porque es nuestra droga, nosotros la hemos creado y nosotros la perpetuaremos hasta que su consumo nos lleve a la creación de una nueva. Oh, tecnología, ¡droga de la posmodernidad! T: Andrea Sánchez.

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